Santi Salas de 2ºBto.
Teatro Secular
Debo la escritura de este relato a la conocida obstinación de mi amigo Manuel López. Solemos trasmitirnos recomendaciones de toda índole y, como es frecuente, ignorarlas siempre. Hace una semana me llamó trasmitiéndome que acababa de terminar la lectura de El Extranjero, animado por mis vehementes elogios. Esa grata sorpresa se convirtió en frustración cuando, enfadado, empezó a pedirme explicaciones por haberle empujado a tan insustancial lectura. Traté de tranquilizarlo dándole motivos, a mi opinión, muy convincentes, pero me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo cuando me transmitió su incomprensión del relato mediante la siguiente tesis: Si lo que pretendía Camus era una crítica social se quedó muy lejos; lo mínimo habría sido darle algo de verosimilitud al libro. En ese momento decidí que lo mejor era zanjar la conversación, pero Manuel se empeñaba en seguir trasmitiéndome su sarta de críticas disparatadas. Cuando logró sentirse superior al premio Nobel francés me dijo que tratara de leer algo “bueno de verdad”, recomendándome un libro. Yo acepte de inmediato para librarme de otra absurda enumeración caótica, en este caso positiva, pero también porque creía necesario vengarme en nombre del escritor. Se despidió diciéndome que no me precipitara antes de redactarle todos los fallos del libro “de esa forma tan melindrosa tuya”. Siempre ha mantenido que Quevedo y Góngora se estaban pudriendo por dentro, por lo que prefiere reservar el conceptualismo para los amantes y ser claro con los enemigos. Tampoco nos hemos puesto nunca de acuerdo en esto, pues yo pienso que cuando se odia hay que ser ambicioso.
Teatro Secular, como se llamaba el citado libro, era (supongo que todavía lo es) la única obra publicada de un alemán, un dramaturgo fracasado, según se daba a entender, de forma poco evidente, en la contraportada[1]. Pese a que la novela no me atrajo especialmente me vi obligado a leerla del tirón por los enormes deseos de devolver la llamada a mi amigo. Trataré de explicar la novela con justicia por respeto a aquellas personas que no la hayan leído, aunque adelanto que aquellos que sí lo hayan hecho coincidirán conmigo en que, pese a algunos detalles interesantes, no es mínimamente comparable a la obra maestra que yo recomendé.
La obra se estructura en forma de diario en el que el protagonista nos narra desde su perspectiva la conversión distópica de su sociedad. Creo que lo que de verdad impresionó a mi amigo fue el argumento, así que paso a resumirlo. Un director de teatro está hastiado de desarrollar complejas innovaciones técnicas para tratar de lograr una profunda inmersión del espectador, necesaria para una verdadera catarsis. Se nos muestra la tristeza que anega a este dramaturgo a través de las tediosas conversaciones que mantiene con el protagonista (en las que destaca el profuso uso de la expresión “la muerte del teatro", ¿habrá una forma menos original de referirse a la tragedia del teatro contemporáneo?). Pero una idea le sacó de su depresión: Estaba escribiendo una representación sobre la predicación del islámico cuando decidió armarse con arnés y mosquetón y sacar el teatro a la calle; pero sacarlo de verdad, los espectadores no deben saber que es ficción lo que están viendo. El protagonista plasma en su diario que tras oír esta revelación le era incapaz mantenerse como un mero espectador: él tenía que ser el actor en el papel de suicida público, bululú de la primera obra del Nuevo Teatro. La actuación era muy abierta y dependía de su improvisación, pero lo que era inamovible era que acabase con un falso disparo en el corazón; que la gente quedara traumatizada hasta que al día siguiente se informase de que era teatro, nada más que teatro. El experimento funcionó. La callejera iniciativa del desesperado director rápidamente prendió en los ya quemados obreros de Talía, bueno, más de Melpómene que de Talía. Pronto toda la farándula se echó a la calle, pero no lo hicieron del modo esperado. Lo que los protagonistas pretendían era acercar las obras para incitar una reflexión profunda, pero el público prefería una acción arrolladora que sacudiera el tedio de la cotidianidad. La familia teatral era consciente de ese hecho y no tardaron en sustituir los diálogos existenciales de nuestro protagonista por escenas más sádicas de lo imaginable.
Desde el primer momento estas actuaciones encontraron detractores, pero la oposición aumento drásticamente cuando las actuaciones con robos, asesinatos y demás actos criminales falsos, aunque creíbles verdaderos, fueron sustituidos por actos criminales verdaderos que la gente, acostumbrada ya a la ficción, no terminaba creerse. El único comentario que provocaba un asesinato múltiple era un “esta obra la vi la semana pasada volviendo a casa”. En ese clima de indiferencia social el caos más radical quedó instaurado. Devolver el orden a la sociedad se convirtió en prioridad y para ello la gente estaba dispuesta a lo que fuera necesario, incluso a limitar su libertad de expresión. Este hecho quedó ratificado el día de las elecciones, elecciones atusadas mediante la esperpéntica narración de varias comedias públicas, cuándo el partido moderado alcanzó la mayoría absoluta. Su programa electoral se basaba en la Ley de la Responsabilidad Social, inmediatamente ratificada tras tomar el poder, a través de la cual se radicalizaron las penas para aquellos que causaran escándalos públicos y se prohibieron las manifestaciones, las huelgas, la música callejera… en definitiva, cualquier acto capaz de soliviantar a las masas. Posteriormente a dicha normativa se sumó la Ley de Responsabilidad Artística, por la que toda obra debía ser aprobada por el ejecutivo previamente a su publicación con la pretensión de garantizar el orden público. A la firma de esta última siguieron unos días de desinformación y sospecha. El gobierno no incluyó, durante la escritura del proyecto de ley, al periodismo dentro de los límites de la censura para evitar una crítica radical de periódicos y noticiarios. Tras aprobarse la ley se decretó un cese informativo temporal, a la espera de la conclusión del debate abierto sobre el carácter artístico del cuarto poder. La oposición, consciente de su poca influencia, se apoyó en el carácter objetivo de la información, manteniendo que solo se podían limitar las columnas de opinión. Este argumento fue desestimado apelando al carácter subjetivo que aporta a todas las noticias el sesgo mediático, lo que la línea editorial hacía innegable. Si leéis el libro puede que mantengáis que los últimos hechos narrados por mí ocurrieron de distinto modo, pues tras pararse las imprentas el narrador deja claro que lo que nos transmite son solo rumores. La información oficial llegó de la mano del primer periódico, el cual ya estaba “corregido” por el gobierno según transmitía su propia portada. El boletín también explicaba los patrones que guiarán la censura: Se había aprobado una organización de la información en objetiva, por un lado, y en subjetiva o artística, por otro; esta última se dividía a su vez en el “arte por el arte” y en el “arte subversivo”. El deber del gobierno será asegurarse de que sus ciudadanos no fueran confundidos ni por textos subjetivos que finjan objetividad ni por el “arte subversivo”. Era irónico que este, el primer texto periodístico aprobado, presentara tan evidentes signos de subjetividad frente a la información imparcial que defendía, lo que dejaba claro ya el propósito tácito en la ley de limitar las publicaciones a agitprop gubernamental. Después de explicarnos los procedimientos de la censura y de una prolija, aburrida y repetitiva reflexión sobre la inalienabilidad del derecho a la información el protagonista empieza a escribir en su diario con menos frecuencia. No se nos relatan muchos sucesos más y el adoctrinamiento al que se ve sometido el narrador empieza a impedirnos diferenciar lo verdadero de lo falso. La completa defensa del régimen en la última entrada parece trasmitirnos que la sociedad acepta su ya irreversible situación.
La técnica narrativa recuerda a la usada por Orwell en 1984, dado que a través del testimonio del narrador se nos intenta mostrar el pensamiento de la sociedad, aunque se diferencia en la capacidad para transmitirnos la variación del mismo debido a los sucesos acaecidos[2]. Resulta interesante el enfoque individual que se le da a este concepto: se pueden ver los cambios de opinión del protagonista en cada entrada del diario, que pasan desde la oposición extrema a los moderados, a un estado de profunda abulia tras la ejecución de su amigo y director, especialmente perseguido por ser considerado el heresiarca de los dramaturgos, para acabar siendo convencido de forma progresiva por la propaganda gubernamental. En esta última etapa las palabras del alienado narrador (ya ni siquiera se da cuenta de la ironía que supone trabajar de actor callejero para el gobierno) solo nos permite vislumbrar de forma parcial las atrocidades cometidas por el régimen, que se presentan con toda normalidad. Este uso de la subjetividad, ya utilizado por Nabokov, resulta demasiado tosco e insidioso. Desde luego la sutileza no es una de las virtudes de este libro, hecho al que contribuyen los plúmbeos discursos a través de los cuales el protagonista nos explica abstractas ideas sobre el teatro, la literatura, la libertad, o la justicia. Me parece clara la diferencia entre escribir soliloquios que configuren la personalidad de los personajes e insertar tus propias opiniones (o ensayos enteros cómo en este caso). No es infrecuente ver a escritores resguardarse en la seguridad que les dan sus personajes en lugar de aceptar su ineptitud como cronistas. Creo que no hay acto más vil en el mundo que este último; ni siquiera Maquiavelo sería capaz de argumentar que se confunde su opinión con la de su yo poético. Estoy siendo muy duro y quiero matizar que Teatro Secular es un buen libro, pero que tuvo la desgracia de ser escrito por un pésimo autor.
Tras acabar la lectura me dispuse, tal y como había planeado desde el principio, a plasmar por escrito para su posterior envío a Manuel todos los vilipendios sobre Teatro Secular que fuera capaz de encontrar. Mi objetivo no era otro que devolver la ofensa a mi amigo así que me detuve a pensar sobre por qué me había hecho esta recomendación. Conversaciones sobre algunas obras que me parecieron insustanciales y ni siquiera busqué, el recuerdo de insultos sin sentido hacia el genial El Gran Gatsby y el todavía doloroso desprecio hacia El Extranjero era toda la información que tenía para hacerme una idea de sus gustos literarios. Me senté al ordenador y escribí:
Buenos días. Por fortuna ya he acabado la lectura del libro que me recomendaste. No tengo pensado dedicar más tiempo a insultarlo de lo que el autor dedicó a escribirlo, por lo que este correo será corto. Dado que pareces incapaz de preocuparte por otra cosa que no sea el argumento empezaré hablando de la escasa verosimilitud del relato.
Me paré a reflexionar. Es cierto que tras acabar la lectura me había dominado una sensación de incredulidad, pero era incapaz de justificarla. No sé en qué momento dejé de creerme la trama, pero el argumento en su totalidad me parecía absurdo. La acción empujaba a la sociedad hacia la distopía de forma casi inevitable, pero no veía con claridad la conexión entre el inicio de la novela y el trágico final. Quizá era necesario avanzar más en la trama, ¿en qué momento la situación se volvió irreversible? Desde luego que esos ciudadanos estuvieran dispuestos a limitar su libertad a cambio de orden era algo relevante. También era impactante que no pusieran en duda la información falseada que se les transmitía en el último tramo del relato, llegando a perder no solo la libertad de acción, sino también la de pensamiento; lo que, en realidad, no se diferencia tanto de nuestra sociedad actual. Pero esas cosas podían ser consideradas consecuencias, el punto de inflexión debía ser anterior. Entonces caí en la cuenta de que lo que cambió todo fue la generalización del egoísmo. Cuando la falsedad del teatro había conquistado las calles y la gente paseaba mirando la crueldad y la desesperación con indiferencia, ya fuera realidad o actuación, la injusticia se volvió definitiva y la redención imposible. Con las ideas claras borré lo que llevaba de carta y volví a empezar:
Buenos días. Ya he acabado el libro que me recomendaste y debo darte las gracias. Pese a que su calidad es cuestionable y está repleto de asechanzas, soy de la opinión de que una mentira puede ser verdad si muestra la verdad. Es indudable que no se puede comparar con la obra maestra de Camus, pero la revelación que me ha otorgado merece ser valorada. Gracias a esta lectura me he dado cuenta que la preocupación por nuestros allegados no solo es justa sino también necesaria por todo lo que provoca su ausencia. Por desgracia ahora me veo obligado a replantearme el egocentrismo que me caracteriza, pero esto es otro asunto.
Gracias por leer este mensaje y saludos.
[1] Evitaré narraros mis abundantes dificultades para obtener el libro; baste decir que no dedicaba tanto esfuerzo a conseguir un volumen desde que me empeñé en poseer un ejemplar de Las mil y una noches de Weil. De un mérito reseñable es la capacidad para inventarse bellezas ocultas y profundas lecturas de los tres minuciosos análisis que se encuentran al final de la edición que yo poseo.
[2] Pierre Menard observa: . En mi opinión suponer semejantes pretensiones a un escritor como este es un acto de ingenuidad. Por este tipo de comentarios solía explicar al prestar el libro que lo mejor de él se encuentra tras el punto final del relato, hasta que alguien me indicó con sutil ironía que no existe obra literaria en la que no ocurra lo mismo.
Andrea García de 1º Bto.
LA GENERACIÓN REVOLUCIONARIA.
Somos la generación perdida, y la más buscada. Somos la salvación a un mundo que ya se ha rendido y ha perdido todas las esperanzas, aunque al mismo tiempo, nosotros desgraciadamente cometemos el error de pensar que no la somos, y conseguimos evitarla. Somos las brasas de un fuego ya extinguido que intentamos avivar. Somos un grito en el vacío, una mano abnegada, una explosión de polvos coloridos.
Dejamos que digan de nosotros, en vez de hablar por nosotros mismos. Dejamos que lleven la voz cantante, oprimidos pero sin ganas de callar. La generación Z, nos llaman. Katniss Everdeen a la cabeza, seguida por mil figuras más. La generación que cambiará el mundo, al menos eso citan los grandes periódicos. “Se terminó el egoísmo, el narcisismo selfie, la obsesión por el consumo y la pasividad que conlleva. Hay una generación que quiere salvar el mundo, pero todavía no sabe cómo.” Esa es la nuestra. La K o a Z, pero que más nos dan los nombres, nunca hemos sido mucho de etiquetas. Si que somos de estudios, fiestas, empatía y cabeza. Capaces de alimentarnos solamente a base de música, café, y cerveza. Porque somos así de simples, y a la vez así de complejos. Dispuestos a cargarnos los problemas a la espalda, provocar ese cambio tan necesario que los mayores y pequeños ya gritan desarraigados. Tristemente, y a pesar de todo, no nos damos cuenta de que en realidad el poder está en nuestras manos. Y por eso ellos siguen sin tenernos en cuenta.
Pero ya vale.
Basta ya de guerras, órdenes, corrupción y cánones de belleza. Basta de violencia, injusticia, e indiferencia. Porque no podemos callarlo, y al final explotaremos, rasgando nuestras voces en un grito de guerra alzado. Seremos capaces de curar enfermedades, de crear arte, de recuperar las bases del amor, de eliminar la pobreza y de comunicar a los continentes como si a tan solo un silbido de distancia estuvieran. Entendemos la poesía porque hemos roto las medidas y la métrica, y entendemos la política porque buscamos el bien común. Somos capaces de tomar decisiones en décimas de segundo, de salvar el mundo sin darnos cuenta y de unirnos en masa por una misma causa. Porque a pesar de ir creando poco a poco un mundo en el que las discusiones por religión, raza, orientación sexual, género y fronteras carecen de sentido, todavía quedan muchas causas por las que luchar. Porque este cambio es justo y necesario en este momento tan complicado. Por las causas perdidas, por la paz, por las canciones que cuentan historias que nunca se han podido escuchar. Por los animales, por la dignidad de las mujeres, por el feminismo, por el medioambiente. Por la libertad de expresión, por la igualdad económica, por la imaginación, por la justicia. Por los que tienen poco, y deberían tener más.
Así que, señoras y señores, dejémonos de plegarias y movamos el culo par romper toda esa maraña de mentiras, engaños y patrañas. Salgamos a la calle a demostrarle al mundo qué es lo que hacemos, y para qué estamos. Mostremos a los poderosos las bases del diálogo, el sentimiento razonable de empatía, y el sentimiento de responsabilidad, que parece habérseles olvidado. Descoloquemos a las marcas en su afán de examinarnos. Comuniquemos a un mundo actualmente separado. Seamos la voz de la razón y la paciencia, porque como dice el principito: “Las personas mayores nunca pueden comprender las cosas por sí solas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones. Pero es lo que nos toca.
Luchemos, jóvenes. Luchemos por el amor, la paz y la risa, para que todo el mundo pueda disfrutarlas.
Porque no somos la generación perdida. Somos la generación esperada, la generación del cambio, la generación revolucionaria.
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